El arte abstracto

 

 

abstracto

El «inventor» de este movimiento, Vasili Kandinski, defendió en su obra-manifiesto De lo espiritual en el arte (1940) la necesidad que tiene toda pintura, figurativa o no, de provocar la capacidad expresiva del artista y la sensibilidad del espectador. Y tal vez sea en la díficil armonía de luz y color que supone lo abstracto donde mejor se manifiesten estas condiciones, sin las cuales es imposible el ansiado contacto entre la obra de arte y el alma humana.

  Se consideran «abstractas» todas aquellas tendencias artísticas u obras concretas en las que es imposible o problemático el reconocimiento de un tema o asunto figurativo. Lo más opuesto a la abstracción sería, por lo tanto, el tipo de representación visual «realista» que ofrece la cámara fotográfica.

Entender o sentir el abstracto

  Esta mera cuestión inicial ya nos indica que éste es un asunto más complejo de lo que parece. Desde el punto de vista histórico debemos recordar que no todos los pueblos han tenido la misma idea respecto a qué imágenes podían ser realistas y cuáles no. La mera existencia hipotética de un arte abstracto no debió plantearse seguramente en la prehistoria, pues muchas pinturas magdalenienses que hoy nos parecen simples esquemas geométricos (o meras sugerencias de bisontes, caballos u otros animales) debieron tener para sus autores un sentido «figurativo» evidente, ligado a ciertos rituales mágico-religiosos.

  Más claramente abstracto fue el arte decorativo neolítico o el que se implantó luego en el mundo semítico primitivo. La tendencia iconoclasta del judaísmo (es decir, la prohibición de representar a Dios mediante imágenes ligada a la condena de toda forma de idolatría), condi­cionó el desarrollo del arte bizantino y muy especialmente el del islam.

  Puede trazarse, por tanto, una historia de la abstracción paralela a la del arte figurativo. Habría que mencionar entonces los entrelazos, disposiciones geométricas, y otros motivos tradicionales desprovistos de temática alguna. Pero no se puede decir que éste sea netamente un arte abstracto, porque dentro de la tradición artística de Occidente todos estos aspectos estaban comprendidos en el ámbito de la «decoración». El asunto se planteó de un modo consciente en las dos primeras décadas del siglo XX, en el ámbito del arte culto (especialmente para la llama­da pintura de caballete), y sólo a partir de ese momento puede hablarse con propiedad de la existencia de un «arte abstracto».

  Fueron varias las corrientes de la vanguardia histórica que acabaron desembocando en creaciones no figurativas. Una de las aspiraciones de los fauves y de los cubistas era hacer un arte cada vez más autosuficiente, que afirmase su autonomía frente a la realidad exterior. Pero en todos los movimientos renovadores de principios del siglo XX el tema seguía existiendo, aunque fuese de una forma embrionaria, y sólo unos pocos artistas, particularmente atrevidos, se decidieron a dar el salto hacia la abstracción. Eso sucedió en un breve lapso de tiempo, entre 1910 y 1917. En estos años maduraron muchas experiencias de las primeras vanguardias y todo nos induce a pensar que el arte no figurativo fue visto entonces como el punto de llegada de varias corrientes diferentes.

  La abstracción dentro del arte contemporáneo no es un movimiento único ni obedece a un programa estético común. Cuando Kandinski pintó en 1910 su primera acuarela abstracta inauguró una corriente «lírica» en la que colores y formas se disponen de un modo aparentemente caótico siguiendo un dictado intuitivo. Nada tiene eso que ver con las obras de Malevich o Mondrian, rígidamente estructuradas en disposiciones geométricas de apariencia muy racional. Los móviles teóricos de unos y de otros son distintos. Ahora bien, si tuviése­mos que encontrar una razón común que justificara ese abandono completo del tema natural, podríamos aceptar lo que dijo en 1913 el artista checo Frantisek Kupka (1871-1957), uno de los primeros cultivadores de la abstracción: «El hombre crea la exteriorización de su pensa­miento por medio de la palabra. ¿Por qué no habría de poder crear en pintura y en escultura con independencia de las formas y de los colores que lo rodean?»

  En estos primeros desarrollos del arte abstracto contaron bastante ciertas corrientes teosóficas y esotéricas. Algunos artistas de la época creían que las formas y los colores visibles reve­laban la existencia de un universo espiritual rico y complejo. El arte no mostraba lo material de este mundo, sino que aspiraba a insertarnos en un ámbito más elevado. Otros mantuvieron posturas más materialistas, afirmando la obra en su mera existencia objetiva. Todos soñaron con un arte de valor universal, válido en cualquier época o contexto cultural.

Pioneros en el arte abstracto

  El primer pintor que hizo cuadros abstractos y que teorizó sobre ello fue el ruso Vasili Kandinski (1866-1944). Emigrado a Alemania, jugó un papel importante en la fundación del grupo expresionista Der Blaue Reiter «El Jinete Azul». Este artista tenía una formación intelectual mucho más sólida que la mayoría de sus contemporáneos: además de haber leído a filósofos y críticos que veían con simpatía la posibilidad de un arte no representativo, era capaz de ex­presar por escrito un pensamiento propio coherente y bien argumentado. En 1910 ejecutó la primera acuarela sin tema. Esta obra era en realidad un paisaje estilizado, con emotivos colores, en la línea de sus trabajos expresionistas habituales, pero al contemplarla fortuitamente boca abajo comprendió de repente que un nuevo arte no imitativo acababa de nacer.  

  A partir de aquel momento empezó a pintar lienzos llenos de manchas cromáticas cuyos contornos irregulares y erráticas líneas, armonizaban entre sí de un modo misterioso. Sus títulos se parecían a los que tenían habitualmente muchas partituras de música: las artes auditivas y las visuales se situaban así en el mismo plano, como si todas ellas buscaran la misma «consonancia» espiritual. Son obras que nos transmiten emociones, aunque no seamos capaces de precisarlas exactamente ni tampoco podamos determinar por qué se producen.

Kandinski racionalizó esta práctica, hasta donde le era posible, cuando escribió su libro De lo espiritual en el arte (1910). Una de sus ideas fundamentales es que el efecto físico del color suscita una vibración anímica, y ésta, a su vez, permi­te la asociación con otros sentidos. Afirmaba que «En general, el color es un medio para ejercer una influencia directa sobre el alma. El color es la tecla. El ojo el macillo. El alma es el piano con muchas cuerdas. El artista es la mano que, por esta o aquella tecla, hace vibrar adecuadamente el alma humana». Según esta idea, el «sonido básico in­terior, es decir, la emoción espiritual puede sus­citarse mediante recursos cromáticos, lo cual no excluye la existencia eventual de un tema en el que pueda apoyarse la pintura propiamente dicha. Kandinski estaba convencido, sin embargo, de que el triunfo de la abstracción en un futuro próximo era inexorable.

  Tras la revolución rusa Kandinski regresó a su país llegando a ocupar algunos puestos oficiales en el proceso de reorganización cultural del nuevo estado soviético. Pero lo más importante es que conoció de cerca las experiencias artísticas de los suprematistas y de los constructivistas rusos, y su propio lenguaje artístico se transformó. A las formas irregulares de los años diez le sucedieron cuadros con líneas geo­métricas nítidamente trazadas. Por estas fechas ya era profesor en la Bauhaus, y a esa etapa corresponde otro libro importante de Kandinski titulado Punto y línea sobre el plano (1926). Las ideas que expresó allí eran más sistemáticas y racionales, aunque la extraordinaria calidad de su obra siguió regida siempre por una prodi­giosa intuición poética.  

El color como protagonista

  La obra inicial de Henri Matisse, que exploraba la belleza serena del color, influyó en el tipo de pintura abstracta que practicaron otros pioneros de la vanguardia artística, como Robert Delaunay (1885-1941). Estimulado también por el cubismo y por el dinamismo optimista de los futuristas, practicó hacia 1912 una forma de abstracción con colores vivos, muy libremente organizados en torno a una estructura geométrica bastante elemental. El poeta Guillaume Apollinaire etiquetó estos trabajos como «orfismo». No se trataba de expresar emociones complejas, sino de transmitir la impresión de que la luz se descompone en maravillosas irisaciones cristali­nas. Este propósito lo consiguió admirablemente con sus «Ventanas». No es muy diferente el efecto que producen algunos cuadros del pintor suizo Paul Klee (1879-1940). Como muchos de sus colegas altemó los trabajos figurativos con los abstractos, algunos de los cuales evidencian el gusto de este artista por las delicadas transparencias y por las armonías de tipo «musical».

  En Holanda surgió también un grupo de ar­tistas abstractos de una gran importancia. Su órgano de expresión fue la revista De Stijl (El Estilo), cuyo primer número apareció en 1917. Allí teorizaron mucho para justificar un arte nuevo al que denominaron «neoplasticismo». El portavoz del grupo era el arquitecto y pintor Theo van Doesburg (1883-1931), pero el más importante de sus colaboradores fue Piet Mondrian (1872-1944), de familia calvinista, que

perteneció a la Sociedad de Teosofía, y que vio su arte como un instrumento para contribuir al conocimiento verdadero y a la felicidad sobre la tierra. Partiendo de los ecos del fauvismo y del cubismo, fue evolucionando hasta una pintura consciente y militantemente no figurativa. Su estilo maduro se aprecia en obras cuyos tonos, siempre planos, se organizan en superficies rectangulares, a base de ejes verticales y horizontales. Mondrian pensaba que sólo se debían emplear los colores «puros» (rojo, amarillo y azul, además del gris, el blanco y el negro), y no los que resultan de sus combinaciones. Con todo ello aspiraba a una pintura no sentimental, no subjetiva, independiente de cualquier contingencia histórica, cultural o geográfica. En este sentido, fue el artista más radical entre todos los que aspiraron a realizar un arte de pretendida validez universal.

La escuela rusa

  Rusia conoció las experiencias de la vanguardia occidental desde fechas muy tempranas, y no sólo porque hubo en Moscú y San Petersburgo importantes coleccionistas del arte nuevo, sino también porque los viajes a París y a otras capitales europeas fueron frecuentes entre los ar­tistas del momento. Las grandes ciudades rusas poseían una intensa vida cultural, con élites so­fisticadas capaces de acoger con entusiasmo las experiencias revolucionarias. En este ambiente surgió Kazimir Malevich (1878-1935) que asumió, como tantos otros, las lecciones del postimpresionismo y de los fauves, así como las de la pintura «tubular» de Fernand Léger.

  Pero nada de eso permitía adivinar el enorme salto que dio Malevich en 1915. A finales de ese año se inauguró en San Petersburgo «Cero-­Diez, la última exposición futurista», y allí presentó un impresionante conjunto de cuadros calificados como «suprematistas». Se trataba de obras completamente abstractas, con predominio de figuras geométricas simples, aunque no siempre fueran absolutamente regulares. Una de ellas, Cuadrado negro sobre fondo blanco, se convertiría pronto en un hito para la historia del arte moderno. Malevich se superó a sí mismo cuando pintó en 1919 un Cuadrado blanco sobre fondo blanco. Está claro que estas pinturas afirmaban su propia materialidad como objetos no transcendentes. Este reduccionismo de la pintura, bastante desmitificador, permitía que ésta fuese un instrumento de investigación plástica apto para servir a la arquitectura o a la industria. De ahí la naturalidad con la que el constructivismo ruso, tras la revolución político-social de 1917, adoptó las formas del suprematismo.

  Algunas investigaciones recientes sugieren una conexión entre tales obras y el deseo de «as­censión en el espacio» que llevó al constructivismo ruso a privilegiar las representaciones y las fantasías aeronáuticas.

  Sea como fuere, el suprematismo favoreció la experimentación con volúmenes reales. Las maquetas de escayola tridimensionales que han llegado a nosotros dicen mucho del extraordinario talento de Malevich para borrar las fronteras entre la escultura abstracta y la arquitectura propiamente dicha.

Auge del arte abstracto

  Estos grandes pioneros de la abstracción despejaron el camino a una multitud de creadores de distintas especialidades, en diferentes países del mundo. La arquitectura del Movimiento Moderno fue una consecuencia, de los experimentos plásticos de carácter «abstracto». Pero el verdadero auge apoteósico del arte abstracto no se produjo hasta después de la Segunda Guerra Mundial, con algunos movimientos cuyo punto culminante habría que situar en los años cincuenta y sesenta.

  El primero de ellos es el Expresionismo abstracto. Para entenderlo debe tenerse en cuenta que el epicentro de la vanguardia se desplazó co­mo consecuencia de la guerra en Europa (1939-­1945) desde París a Nueva York. Algunos refugiados europeos, muy influidos por las teorías surrealistas sobre el automatismo de la creación, transmitieron su impulso vanguardista a los jóvenes artistas norteamericanos. Surgieron así algunos precursores, o figuras intermedias, como Arshile Gorky (1904-1948) y Mark Tobey (1890-­1976) que muestran el doble impulso que animó inicialmente al expresionismo abstracto: mientras el primero de ellos acusó la influencia del Picasso surrealista y la de Roberto Matta, Tobey se inspiraba en la pintura china «gestual» y en la fi­losofía del budismo zen. Ambos ingredientes estarán luego, en una proporción variable, en los artistas más representativos de este movimiento.

  Jackson Pollock (1912-1956) es la figura emblemática. Tras pasar su juventud en Arizona y California, llegó a Nueva York en 1929. Allí recibió el apoyo de Peggy Guggenheim y de su galería Art of this Century. Hacia 1949 al­canzó la madurez de un estilo caracterizado por el uso de grandes telas que, colocadas en el suelo, eran impregnadas con chorros de color (drippings) superpuestos, ejecutados por el artista desplazándose en los alrededores del cuadro. No existen aquí, por lo tanto, las nociones de arriba y abajo.

  El único «tema» es el del diálogo físico entre la superficie dura de la tela y el movimiento del creador. Esto permitió al crítico Harold Rosenberg hablar de action painting o que se extendiera también para este y para otros procedimientos similares la denominación de «arte gestual». Lo más paradójico es que la pintura, en el caso de Pollock, no era aplicada directamente por el pincel que sostenía su mano, sino arrojada desde una cierta distancia, como si se evitara el contacto directo entre el cuerpo del artista y la obra. La ausencia de tema (el carácter abstracto de la creación) era justificada con declaraciones como éstas: «Yo quiero expresar mis sentimientos más que ilustrarlos. La técnica es sólo un medio de llegar a una declaración.»

  Relativamente próximo a Pollock estuvo Franz Kline (1910-1962), cuyos grandes brochazos negros sobre el lienzo en blanco ejercieron una gran influencia en otros muchos artistas tanto americanos como europeos. Willem de Koo­ning (1904-1997) estuvo mucho más próximo a la pintura figurativa, ejecutando cuadros con una técnica muy suelta, de gran suntuosidad cromática, en la que se evidenciaba su eterna admiración por artistas como Chaim Soutine y Domenikos Theotokópoulos, universalmente conocido como El Greco. Su serie de mujeres, entre repelentes e hipnóticas, descoyuntadas y violentas, es una de las más representativas de su producción. Robert Motherwell (nacido en 1915), por su parte, no sólo fue el más joven de los expresionistas abstractos norteamericanos, sino también una especie de organizador o aglutinador del grupo. Su viaje a México con Roberto Matta debió contribuir mucho a incrementar su interés por lo «hispánico», manifestado luego en obras como A las cinco de la tarde (una alusión al poema de García Lorca) y en la larguísima serie de cuadros titulada Elegía por la República española.

Los expresionistas abstractos

  El caso de Mark Rothko (1903-1970), un hombre vehemente y persuasivo que acabó voluntariamente con su propia vida, es muy representativo. En su trabajo se apartó de la gestualidad de la action painting, pero participó plenamente de la concepción pseudomística del arte, patente característica del expresionismo abstracto. El tono dominante de cada una de esas superficies es relativamente uniforme y se combina de un modo insólito con los adyacentes dentro de la misma pintura, o con los de otros lienzos en el caso de que formen parte de una serie. Un buen ejemplo de ello son los murales creados para la capilla de la Universidad de Houston en Texas (1965-1967).

  El expresionismo abstracto norteamericano tuvo su equivalente al otro lado del Atlántico con los artistas del llamado informalismo europeo. Hay en algunos casos un desarrollo paralelo: artistas como el francés Jean Dubuffet (1901-1985), ­creador de composiciones de materias muy densas), o el alemán Wolls (uno de los iniciadores de la pintura «sígnica» o «gestual»), parecen haber desarrollado su obra partiendo de las premisas europeas anteriores a la Segunda Guerra Mun­dial. Pero es difícil no ver la huella de los creadores norteamericanos en otros, como Georges Mathieu, Hans Hartung o en los componentes de los grupos CoBrA (europeo) o GUTAI (japo­nés). El informalismo español de los años cin­cuenta y sesenta, aunque tuvo una personalidad propia muy interesante, es también inexplicable sin contar con los desarrollos del arte abstracto norteamericano inmediatamente anteriores. Artistas como Manuel Millares, Carlos Saura o Antoni Tápies, entre otros muchos, testimonian la alta calidad de este momento particularmente brillante en la historia del arte español.

  Este grupo, nacido en los difíciles años de la dictadura franquista, nada favorable a estas tendencias estéticas, junto con otros artistas como Luis Feito, Fernando Zóbel, Rafael Cano­gar, etc., representan lo mejor de la denomina­da pintura matérica. Sus obras, realizadas muchas de ellas con arenas y otros materiales de texturas gruesas, consiguen «marcar» la superficie de los lienzos con signos de vida poética que «humanizan» la pobreza de estos materiales y a la vez les dotan de una intensidad expresiva difícil de igualar.

La «transvanguardia»

  La vía expresiva y dramática de la abstracción ha continuado activa hasta los últimos años del si­glo XX. Y no es sólo porque muchos de sus protagonistas hayan continuado trabajando en ella, sino porque otros creadores más jóvenes han remozado los viejos presupuestos. La llamada «transvanguardia» (que tuvo su máximo apogeo en los años ochenta), aunque fue en conjunto bastante figurativa, asumió algunas premisas estéticas del expresionismo abstracto como la gestualidad, los grandes formatos, manchas informes, etc. De todo ello y de otras tradiciones, derivan algunos de los novísimos pintores abstractos, en los albores del nuevo siglo.

  El exceso de pasión que existía, tanto en el expresionismo abstracto norteamericano como en el informalismo europeo, produjo una especie de reacción, originándose desde principios de los años sesenta otra corriente que algunos denominaron abstracción postpictórica y otros cool art (arte frío). Se trataba de un intento de controlar el gesto emotivo mediante la práctica de una pintura «no subjetiva» cuyas raíces se situaban en el arte geométrico sistemático de la Europa de entreguerras. Es verdad que hubo entre este grupo de pintores algunos con claras vinculaciones con el expresionismo abstracto, como es el caso de Clyford Still (1904-1980). Las masas irregulares de color que hay en sus pinturas tienen, sin embargo, una especie de neutralidad emocional que permite situarlo en esta nueva subtendencia de la abstracción. En los años sesenta y setenta se habló, a propósito de éstas y de otras obras comparables, de «pintura de campos de color».

  Otros artistas que siguieron una línea equiparable fueron Sam Francis, Morris Louis y Kenneth Noland. Interesa mucho destacar en todos ellos la afirmación del lienzo como un ente material (una superficie y una masa) en el que no hay más drama que la misma pintura.

  A la máxima neutralidad se avanza mediante la geometrización. El caso de Ad Rein­hardt (1913-1967) es interesante porque mostró, con el cáustico sentido del humor de sus láminas didácticas sobre arte contemporáneo, la otra cara de su ascética obra pictórica. A principios de los años cincuenta simplificó su paleta hasta llegar a utilizar un solo color, con el cual pintaba estructuras ortogonales tan sutiles que son casi imposibles de apreciar en las reproducciones de los catálogos.

  Barnett Newman (1905-1970) es contemporáneo de los grandes creadores del expre­sionismo abstracto, pero ya hacia 1950 había logrado un estilo maduro a base de bandas geométricas de color paralelas a los bordes del cuadro. Vir heroicus sublimis (1950-1951) una de sus más famosas obras, muestra la ambivalencia de su creación mientras su «forma» anticipa la simplificación formal que se propagará una década más tarde, el espíritu que anima esta creación es todavía romántico y «heroico», como el de otros contemporáneos del expresionismo abstracto.

  Más representativos de la abstracción pospictórica fueron otros artistas que aparecieron en la escena algo más tarde, como Elsworth Kelly, Robert Mangold y, sobre todo, Frank Ste­Ila (nacido en 1936). Algunos de ellos hicieron pinturas con bordes irregulares: la forma del soporte condicionaba la del interior de la pintura, o viceversa.

  El cuadro en sentido estricto, desaparecía. No sólo dejaba de ser una pantalla ilusionista donde se representaba algo (bien fuese el mundo exterior o la pasión del creador), sino que tam­bién abandonaba la idea de ser soporte rectangular de la pintura para convertirse en una cosa material, en un objeto.

Arte minimal

  Así se abría la vía al arte minimal, llamado tam­bién de «estructuras primarias» o «arte ABC», que fue algo así como la contrapartida escultórica de la abstracción pospictórica. Los representantes más conspicuos de esta tendencia (Donald Judd, Sol Le Witt, Robert Morris, Don Flavin, Bruce Nauman, etc.) usaron formas geo­métricas muy simples en obras ejecutadas con el distanciamiento propio de la fabricación in­dustrial. De hecho, los artistas, con mucha frecuencia sólo han hecho el diseño, dejando la ejecución de sus «proyectos» en manos de obreros especializados.

  Se trata de una estética de la repetición, equivalente, en el dominio de la abstracción (y salvando las distancias) a la redundancia iconográfica del pop art. El minimal elimina toda ilusión. Es un arte materialista que afirma su universalidad mediante la exhibición sin tapujos ni coartadas de la existencia física de las estructuras tridimensionales que lo constituyen. No hay significados ni simbolismos subyacen­tes: desde este punto de vista es una especie de punto de llegada donde culminarían algunas de las aspiraciones expresadas por los pioneros de la abstracción en las primeras décadas del siglo XX.

  Los artistas del minimal han utilizado abundantes materiales industriales, ignorados por la escultura tradicional: además de chapa de hierro o aluminio, se utilizan maderas contrachapadas, plásticos, cristales, cables, etc. Destacan en este repertorio las numerosas luces de neón, con las cuales han llegado a crear obras de una cualidad poética difícil de describir o de reproducir mediante la fotografía convencional.

  Todas las tendencias del arte abstracto desarrolladas a lo largo de los últimos noventa años están presentes de algún modo en la práctica artística actual. La «posmodernidad» es ecléctica, y eso significa que diversas formas de entender el arte no figurativo pueden llegar a encontrar en la historia del arte contemporáneo alguna forma de legitimidad que garantice la continuidad de los fundamentos sensibles del arte abstracto como vía alternativa a lo figurativo.

 

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© Manuel Cuadros Revelles - 2002

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