Velázquez

                               

Introducción Panorama general de la pintura barroca española Su vida
Características generales de su estilo La etapa sevillana La Corte 1623 a 1629
Primer viaje a Italia (1629-1631) Estancia en Madrid.  (1631-1649) Segundo viaje a Italia.  (1649-1651).
 Los últimos 9 años de su vida (1651-1660)   Sus obras

 

Introducción

 

Velázquez es un pintor barroco que desarrolla su actividad en la España del s. XVII, época en la que se da un contexto artístico concreto, del que él no siempre se hace eco.

En el siglo XVII en España se produce una situación paradójica, pues mientras que desde el punto de vista político y económico se padece un momento de decadencia y debilidad, debido a la mala gestión de los monarcas Felipe III y Felipe IV, acentuándose esta crisis con el último rey de los Austrias, Carlos II, en el campo de las Artes, por el contrario, se vive una etapa de auge y esplendor, y lo que es más, de entre las llamadas tres Artes Mayores: Arquitectura, Escultura y Pintura, será precisamente esta última la que alcance un más alto nivel, lo que ha llevado a los historiadores a hablar de “el siglo de oro de la pintura española”, al referirse a esta centuria, llegando a parangonarse con el resto de la pintura europea contemporánea, a la que en no pocas ocasiones supera. Su interés radica no solamente en la gran cantidad de pintores existentes, que llegan a alcanzar un número considerable, sino fundamentalmente en la valía y alta calidad de las obras de arte por ellos realizadas. Junto a una larga lista de pintores de segundo orden, nos cabe el orgullo de con contar con nombres como Francisco Ribalta, José Ribera, Alonso Cano y, sobre todo, el inmortal Diego de Silva y Velázquez, quienes con Zurbarán, Murillo, Valdés Leal, conforman el grupo más destacado de estos años.

 

Panorama general de la pintura barroca española.

 

Como características generales, de las que casi todos los artistas se harán eco, en mayor o menor medida, podemos señalar el creciente aumento del naturalismo en sus representaciones; el carácter realista de las mismas, peculiaridades estas que desarrollarán nuestros artistas casi de modo inconsciente, sin esfuerzo alguno, puesto que nunca fueron extrañas al temperamento hispano. Esto les lleva a rechazar los temas mitológicos en general, salvo excepciones, y en definitiva, todo aquello que se mueva en el campo de lo imaginativo y lo fabuloso, tan en boga, por otra parte, en el resto de los países europeos, quedando éste capítulo limitado a un reducido número de frescos con los que se decora el interior de algunos palacios; por el contrario, cultivarán géneros como el retrato, los bodegones y, sobre todo, los temas religiosos, siendo estos últimos los más abundantes. Esta exaltación religiosa era también una nota propia del carácter y tradición artística española; recordemos, por ejemplo, como en pleno Renacimiento, cuando Europa, y fundamentalmente Italia, centraban su interés en temas mitológicos o géneros como el retrato, nosotros seguíamos prefiriendo las imágenes de Cristos, Vírgenes y Santos. A esto habría que añadir la importancia de las ideas rigoristas que se habían implantado tras la Contrarreforma, consumadas en el Concilio de Trento, donde se establece una férrea disciplina moral y un creciente interés por captar nuevos fieles, concepciones todas ellas que encontrarán en España un terreno abonado. Esta preferencia temática está además condicionada, en gran medida, por la propia clientela, que es en definitiva quien impone sus gustos, y en la España del S.XVII no existía una burguesía económicamente fuerte, como ocurría en otros países, Holanda o Italia, por lo que será la Iglesia el más importante de los mecenas, al requerir gran cantidad de obras para decorar sus conventos, monasterios, capillas, etc. También la Corte jugara un papel destacado, tanto por su afán coleccionista, como por el deseo de perpetuar la imagen del monarca y su familia, fomentando así la pintura en general y el retrato en particular, campo en el que, como veremos, destacará Velázquez. Otros temas como batallas, marinas, paisajes o flores solo aparecerán excepcionalmente, quedando relegados a un segundo plano.

Por lo que a las composiciones se refiere, suelen ser sencillas y serenas, más de lo habitual en esta época, y aunque no faltan las líneas diagonales y las figuras en escorzo, el ritmo movido característico del Barroco se sacrifica con frecuencia en favor de la realidad.

Desde el punto de vista técnico cabe señalar la ausencia casi total de frescos, a diferencia de lo que hacían los pintores contemporáneos, por ejemplo, los Italianos. Pero, acaso, uno de los aspectos más destacados sea las indagaciones llevadas a cabo sobre la luz en el cuadro, que les lleva a realizar, en fecha bien temprana, grandes contrastes lumínicos, con zonas que quedan en penumbra junto a otras fuertemente iluminadas.

La influencia del tenebrismo, de pintores como el italiano Caravaggio, llegará pronto a nuestro país, convirtiéndose en una preocupación común a todos los pintores del seiscientos, todos , casi sin excepción, se harán eco de ella; ahora bien, mientras que para algunos, como Velázquez, será solo una etapa inicial de la que pronto se alejarán, para otros se convierte en una manera de hacer que ya no abandonarán nunca a lo largo de toda su carrera, este es el caso, por ejemplo, de Fco. Ribalta y de José Ribera, lo dos más grandes representantes de la Escuela Valenciana, la Escuela precisamente donde más auge y pervivencia tuvo esta tendencia claroscurista. Tampoco hay que olvidar al respecto la importancia que tuvieron los precedentes que existían en España, con Navarrete y en general los pintores escurialenses.

Así, pues, podemos concluir afirmando, de una manera muy generalizada, que en la Pintura Barroca del S. XVII en España se aunan con similar importancia los elementos de siempre del Arte Español, el fuerte realismo y el profundo sentimiento religioso, con otros importados del resto de Europa y tomados de grandes maestros como Tiziano, Tintoreto, Rubens, Van Dyck o Caravaggio.

El deseo de ordenar y clasificar lo más claramente posible esta materia nos lleva con frecuencia a hablar de la existencia de una serie de Escuelas: la de Madrid, la de Andalucía o la de Valencia, pero debemos aclarar que ni la enumeración que hemos hecho de las características más o menos comunes, ni la presencia de estas Escuelas, debe llevarnos al error de pensar que se trata de una labor homogénea, sino que, muy por el contrario, encontramos notables diferencias entre los cultivadores de esta técnica, la pictórica, incluso aunque estos pertenezcan a la misma escuela, imponiéndose, por encima de todo, la individualidad, la sensibilidad y la fuerte personalidad de cada uno de ellos.

Todo este optimismo artístico que hemos señalado para el S. XVII se viene abajo con la entrada de la nueva centuria. El espléndido proceso artístico vivido en estos años no tendrá continuidad en el S. XVIII, como si la gigantesca producción artística española se hubiera agotado, produciéndose un vacío que se llenará con artistas extranjeros, franceses e italianos fundamentalmente. Mucho debió influir en ello el cambio de dinastía reinante. Tras la muerte de Carlos II (1665-1700), el ultimo de los Austrias, hereda el trono de España Felipe V, duque de Anjou, el primer rey de los Borbones, cuyo origen le impedía comprender la estética española, lo que explica que se rodeara de artistas más afines a sus gustos, como harían más tarde también sus sucesores; requeridos por ellos llegarían hasta la Corte española el parisino Houasse, Jean Ranc, Van Loo, ...

 

Su vida.

 

Es, sin duda, el más grande de los pintores Barrocos españoles, y uno de los más destacados en la Historia de la Pintura universal de todos los tiempos. Al llegar a él, la tradicional división del Barroco español por Escuelas geográficas se nos quebranta, pues, aunque él participa o al menos tiene contacto con más de una de ellas, no podemos encasillarlo en ninguna, sino que este genial autor requiere un estudio aparte, al margen de las mismas.

Pertenece a la generación que nace con el siglo, un año más joven que Zurbarán y dos mayor que Alonso Cano, contemporáneo de Calderón, o fuera de España de Van Dyck y Bernini, centrando, por tanto, su actividad en el segundo tercio del S. XVII.

Diego Rodríguez de Silva y Velázquez nació en Sevilla, en junio de 1.599. Era hijo de Juan Rodríguez de Silva, de ascendencia portuguesa, de una familia de Oporto, y de Gerónima Velázquez, sevillana.

Se le conoció por el apellido materno, a pesar de que al final de su vida solía firmar como Diego de Silva.

Inicia su camino en el mundo del Arte muy pronto. Cuando apenas contaba con 10 años de edad ingresa en el taller del pintor Fco. de Herrera, donde permanece unos meses, tras los cuales pasa al de Fco. Pacheco (1564-1644), pintor y escritor, con quien empieza su auténtico aprendizaje; corrían los primeros días de Diciembre de 1610. De esta época conservamos documentos donde se recoge cómo el maestro se compromete a enseñar al muchacho "el arte de la pintura" durante un periodo de "seis años", transcurrido el cual y tras superar un examen (1617) obtiene la licencia correspondiente para ejercer su arte en todo el reino. Al año siguiente, el 23 de Abril de 1618, se casa con la hija de su maestro Pacheco, Juana de Miranda Pacheco, 3 años menor que él, unión de la que nacerán Francisca e Ignacia.

No fue precisamente Pacheco un pintor de gran valor, pero sí que disfrutó de fama y reconocimiento por parte de sus contemporáneos, llegando a ejercer cargos como el de "veedor" o censor de obras artísticas de la Inquisición, desde 1616, o alcalde del Gremio de la Pintura. Fue además autor de un libro sobre esta materia, "El Arte de la Pintura", publicado por primera vez en 1649, cinco años después de su muerte, en el que menciona en varias ocasiones a Velázquez. Se dice que no debió aprender mucho con él, apenas alguna receta compositiva o algún tema iconográfico, pero Francisco supo descubrir pronto el talento de su discípulo, lo que le hizo respetar su personalidad. La admiración de Pacheco hacia Velázquez queda clara cuando afirma que estimaba más su relación como maestro que como suegro. A él cabe agradecerle que lo introdujera en el ambiente culto de la Sevilla de esta época, hasta abrirle las puertas de la Corte. Tras un primer intento fallido en 1622, volverá a la carga al año siguiente, logrando entonces su nombramiento como pintor del rey. Esta relación del pintor con la Corte y el monarca será de gran transcendencia para su producción artística posterior.

En 1629 tiene oportunidad de viajar a Italia, donde permaneció un año y medio aproximadamente, volviendo de nuevo a Madrid en 1631. Algunos años más tarde, en 1649, volverá de nuevo a Italia, regresando a nuestro país por el insistente requerimiento del monarca, para permanecer ya en Madrid durante los últimos 6 años de su vida. Estas fechas y acontecimientos marcan distintas etapas en la obra de Velázquez, por lo que a ellas nos vamos a referir más detenidamente, pero no antes de recoger, de forma muy somera, algunas de las peculiaridades que van a caracterizar la obra de este autor.

 

Características generales de su estilo

 

En primer lugar, cabe destacar su marcado acento de la realidad; era un gran observador de la misma, y poco amigo de fantasías e idealismos, aspirando, no a plasmar formas perfectas, sino a captar la realidad misma; pero este impulso hacia el naturalismo barroco se sentirá frenado por su tremendo sentido del equilibrio. Siempre estará guiado por el buen gusto y la elegancia, tanto a la hora de elegir la escena como el gesto o ademán de cada uno de sus personajes, sin estridencias. Pintó tanto figuras individuales como grandes grupos, siempre en un ambiente de relativa sencillez y sobre todo de gran reposo y serenidad.

En el arte de componer recorrerá un importante camino, desde sus primeras obras, donde se limita casi a yuxtaponer sus personajes unos junto a otros, hasta conseguir que estos se muevan y agrupen con gran naturalidad, característica ésta que resume con claridad el profesor Angulo al afirmar cómo en la obra de Velázquez da la sensación de que éste "se limita a reflejar la escena que la realidad ocasionalmente brinda a sus ojos, sin ulterior colaboración de su parte". Pero, efectivamente sólo será eso, la sensación, pues el maestro muy por el contrario trabaja concienzudamente, sin prisas, pensándolo todo con minuciosidad y extremado detallismo. Sus cuadros son fruto de una lenta y profunda meditación que no parecía acabarse nunca, pues nos consta la frecuencia con que volvía sobre sus obras, en principio ya "acabadas", para corregirlas, si con ello consideraba que lograba mejorarlas, los "arrepentimientos" de los que tanto han hablado los historiadores, siendo en él frecuentes los repintes.

Desde el punto de vista temático, encontramos una amplia variedad, le atraían todos, algunos más tradicionales y otros más innovadores, y en todos alcanzó una alta calidad: mitológicos, históricos, religiosos, retratos, bodegones, paisajes o sencillas escenas de género. Por lo que se refiere al color, veremos una clara evolución en su paleta, que se irá paulatinamente aclarando, desde los tonos más oscuros, característicos de su etapa inicial, hasta los grises y plateados del final; su paleta opaca se alegra y limpia. A la vez que se produce el cambio cromático, evoluciona también la manera de aplicar el color. Al principio la pasta es seguida, lisa, de grosor uniforme, más tarde, hacia 1630, las pinceladas se van independizando, haciéndose más sueltas, la factura más fluida, de tal manera que vistas de cerca resultan inconexas, pero a partir de cierta distancia nos dan una más exacta apariencia de la realidad, técnica que tendrá su máximo exponente en las obras de su etapa final.

Uno de sus grandes hallazgos fue la captación del espacio, la capacidad para crear un ambiente real que envuelva a sus figuras; la perspectiva aérea, es decir, los cuerpos vistos desde lejos sufren una relativa deformación debido a las capas de aire que se interponen. Velázquez supo darse cuenta pronto que la luz no solo sirve para iluminar los objetos, dándoles sensación de volumen, sino que también le permite ver el aire interpuesto entre ellos, haciéndoles perder la precisión de sus contornos. No en vano se ha dicho de él que de los muchos retratos que pintó en su vida el mejor fue el de la propia luz en sus cuadros.

 

     
     

 

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